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La prosa del siglo XVIII

La mayor parte de las obras del XVIII está escrita en prosa, aunque son pocas las novelas que se publican. Destacan como novelistas el Padre Isla con su Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, una crítica a los malos predicadores de la época, y Diego de Torres Villarroel, con su Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del Doctor Diego de Torres Villarroel, autobiografía novelada.

El género narrativo del siglo XVIII más importante es el ensayo, ya que, como hemos visto, los rasgos que predominan en esta época se desarrollan mejor con la exposición teórica de ideas, pensamientos y críticas. Entre los ensayistas más conocidos de la época hay que resaltar a Ignacio de Luzán, Fray Benito Jerónimo Feijoo y a Gaspar Melchor de Jovellanos.

A Luzán le debemos La poética, un monumental tratado sobre teoría literaria que será considerado el modelo teórico de la poética neoclásica en la literatura española y sin duda el más influyente en el siglo XVIII.

Fray Benito Jerónimo Feijoo escribió el ingente Teatro crítico universal, que tuvo como finalidad principal divulgar el conocimiento y las nuevas ideas ilustradas de la época y arremeter contra las supersticiones y la ya agotada cultura barroca.

Jovellanos pondrá su pluma al servicio de la Ilustración, siendo considerado el más sobresaliente de los ilustrados españoles. Aunque cultivó la poesía y el teatro, sus escritos principales fueron ensayos de economía, política, agricultura, filosofía y costumbres, desde el espíritu reformador del despotismo ilustrado. Destacan su Informe sobre la ley agraria y su Memoria para el arreglo de la policía de espectáculos y diversiones públicas, Memoria sobre la educación, o su Memoria del Castillo de Bellver.

El ensayo ilustrado tuvo un cauce de difusión muy importante en los periódicos. Aunque habían aparecido esporádicamente en siglos anteriores, es durante el XVIII cuando se produce un desarrollo pleno del periodismo. La finalidad de los periódicos del siglo XVIII fue fundamentalmente educativa y divulgativa.

El género epistolar (que adopta forma de carta, bien sea dirigidas a personas reales, bien a personajes ficticios) se convirtió en un género muy abundante durante el siglo XVIII, ya que servía perfectamente para ejercer la crítica de costumbres, comportamientos e ideas.

A este género pertenecerán las Cartas eruditas y curiosas, del mencionado Feijoo y las Cartas marruecas de José Cadalso, en las que, a imitación de las Cartas persas del francés Montesquieu, realiza una crítica de las costumbres y creencias de la sociedad española del siglo XVIII desde la perspectiva de un joven árabe que visita España, Gazel, su preceptor Ben Beley y el español Nuño, amigo del joven, mediante el cruce de cartas entre los protagonistas.

A José Cadalso debemos también Noches lúgubres, un diálogo en el que un joven se lamenta por la muerte de su amada, que es considerado como precedente del Romanticismo del XIX tanto por el tema tratado como por la expresión emotiva de los sentimientos y Los eruditos a la violeta, una sátira de la educación superficial y de aquellos que aparentan tener muchos conocimientos cuando, en realidad, son unas ignorantes.